«Encuentro de escritores mayores»

Visitamos el taller de escritura por personas mayores de la Obra del Padre Mario Pantaleo. Compartimos algunas impresiones.

Por Cita Livak, Patricia Núñez Vega y Hugo Schamber*

Escribir y soñar

La mesa de trabajo está junto a la gran ventana del salón de usos múltiples de uno de los edificios de la Obra del padre Mario Pantaleo. Allí, cuadernos forrados con esmero, libretas de espiral decoradas en su portada, lápices y bolígrafos ordenados prolijamente aparecen dispuestos ante los redactores que están a punto de comenzar el ejercicio del día.

Elisa, coordinadora del Taller de Escritura, repasa la consigna. Los integrantes del grupo -cada uno a su tiempo- comparte la producción propia.

Norma se anima a leer su poema, emocionada ante la atenta escucha de sus compañeros. María Rosa tiene algo para leer pero no se anima a dar ese paso. El amor de su “compañero de toda la vida”, también alumno del taller y quien ahora la abraza y susurra algo al oído, logrará que finalmente comparta su relato. Lo hace con lentitud y dificultad, pero se la notará satisfecha al finalizar. María Rosa nos contará luego que el Taller “es una terapia”, un espacio donde pudo vencer muchas dificultades emocionales.

Entre mates y bizcochitos, los alumnos nos cuentan que se reúnen todos los miércoles para escribir, que son alrededor de diez y que esperan el encuentro con gran alegría.

Para ellos es una oportunidad para vincularse, para soltar sentimientos escondidos – algunos dolorosos, pero también de dulce nostalgia. La mayoría dejó “su pago” en diferentes provincias argentinas y añora juegos, olores, colores de su tierra.

“No sabía que podía escribir – cuenta Berta con orgullo- y ¡acá estoy!”. “Es que aquí nos sentimos muy cómodos y Elisa nos ayuda mucho”- agrega.

Los participantes del Taller de Escritura son personas mayores, jubiladas, que disfrutan de este espacio de trabajo y aprendizaje en el que sienten que crecen cada día. Están orgullosos de que su profesora –con historia personal similar a la de muchos de ellos- haya publicado su primer libro de poemas. Parecen sentirse parte de ese triunfo y tal vez sueñan con publicar el suyo algún día.

Hay mucho entusiasmo, se ve al grupo muy activo. Algunos viajan una o dos horas para llegar al Taller. Se escuchan, se premian con un aplauso luego de la lectura que alguno compartió, proyectan nuevos temas y otros encuentros, como este con el grupo de redactores de la FNV.

El Taller de Escritura es una de las diferentes propuestas que ofrece la Obra del Padre Mario, en la localidad de González Catán, en el Gran Buenos Aires.

Luego de la foto final con el grupo, realizamos una visita guiada por la institución, a cargo de la Lic. Marisa Parreira, coordinadora de Adultos Mayores de la Obra.

Regresamos a la Capital pensando en cuánto tenemos en común, nosotros, loa redactores de la Fundación Navarro Viola  con los del Taller conducido por Elisa. El placer de escribir, el deseo de comunicar, la posibilidad de reflejar pensamientos y sentimientos. Sin duda, todo ello nos une.

El trayecto de 50 km que nos devuelve a la Capital es de repaso – junto a Patricia, Hugo y Noelia- de todo lo vivido y aprendido en González Catán.

Volvimos plenos, felices del intercambio.

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“Recuperar la memoria desde la escritura”

Apuntes de un día nublado y gris de septiembre.

Estamos en la Fundación Obra del Padre Mario Pantaleo en la localidad de González Catán, a 50 kilómetros de la Capital Federal. Es un espacio que brinda cobertura de necesidades básicas -físicas, psíquicas y sociales- a una población que habita el partido de La Matanza, provincia de Buenos Aires.

Tres voluntarios adultos mayores de la FNV vamos al encuentro de un grupo de pares mayores que, con entusiasmo, comienzan a convertirse en escritores.

Lo hacen de la mano de Elisa Mercedes Strinatti, quien con voz cariñosa los induce a perder el miedo.

-Escriban lo que traigan los sentimientos. No importa cómo, si son garabatos igual, como puedan, como sepan, lo que les salga..No importa la ortografía. Después corregimos -dice la coordinadora.

De esta manera Elisa estimula y motiva al grupo de adultos para que se expresen a través de la escritura.

Cuenta que a los 62 años, con nietos y bisnietos, editó su primer libro de cuentos: “Upa-mamá”.

Había llegado a los once años a la Capital desde la provincia de Misiones, con su padre y hermanos. En su libro relata: “la gran ciudad me deslumbró y el desarraigo me impulsó a crecer de golpe”. Con once años realizó sus primeros trabajos de niñera; y con una férrea voluntad de progresar descubrió su vocación de escritora durante los primeros años en un colegio secundario de Banfield. Cuenta que abandonó esa afición para trabajar y formar una familia, pero que el interés quedó colgado como una mochila en su espalda.

La mayoría de los talleristas son provincianos y oriundos de países vecinos que vinieron muy jóvenes, en busca de trabajo. Hoy, ya jubilados, se reúnen todos los miércoles con mate o café de por medio.Todos quieren escribir. La santiagueña dice que quiere contar la historia de su infancia y su nueva vida en González Catán. Mercedes, que ya no habla guaraní, quiere escribir acerca de la familia que la crío. El matrimonio de entrerrianos lee una carta de amor escrita por él, el día en que se conocieron. La mayoría quieren escribir sobre su infancia.

“Al final queremos volver al pago, allá ité!, dice Elisa recordando aquella palabra en guaraní que escuchó en Posadas, capital de la provincia de Misiones donde nació.

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La mirada

El grupo de redactores de la FNV, acompañados por Noelia Salom, partimos una mañana de septiembre desde Capital Federal hacia la localidad bonaerense de González Catán, partido de La Matanza. Ibamos a visitar la Obra del Padre Mario Pantaleo, más específicamente el Taller Literario para Adultos Mayores del Programa de Envejecimiento Activo que ellos promueven, entre otras muchas actividades gratuitas –como clases de aqua gym- por una mínima cuota mensual.

El viaje me resultó largo, aunque González Catán limita con la Capital. A pesar de la cercanía, está más lejos de lo que indican los mapas: es un particular collage difícil de comprender en el que la movilidad y los accesos son todo un tema para sus habitantes.

Las características habitacionales variaban conforme nos alejábamos de las vías de acceso: la Ruta Nacional n° 3, la Ruta Provincial n°21 y la estación del ferrocarril.

Luego nos comentarían que las mujeres deben compatibilizar las tareas domésticas y el cuidado de la familia con complejos itinerarios que dificultan la movilidad, incluso en el interior de sus barrios, debiendo asumir elevados costos económicos para desplazarse de un lado a otro.

Al llegar a la Obra del Padre Mario me sorprendí gratamente con sus accesos de asfalto, su limpieza, las construcciones de ladrillo a la vista y rejas negras, todo prolijamente pintado y bien mantenido. Era el mediodía, la hora de la salida de los colegios, y todo transcurría ordenadamente.

Nos recibieron con cordialidad. Entramos a las instalaciones, muy amplias, con espacios para almorzar con grandes ventanales que daban a cuidados jardines con árboles y flores. Se escuchaban conversaciones discretas en voz baja de alumnos, profesores y empleados.

Llegamos al gran salón donde se desarrollaba el Taller Literario, con una mesa larga rodeada de varias mujeres y un varón –el marido de una de ellas. El ambiente era de trabajo: cuadernos, libros, biromes, lápices, gomas de borrar y voces bajas. En la cabecera, la coordinadora: Elisa.

Nos sentamos entre ellas y le disparé la primera pregunta a Elisa, quien nos contó animadamente, sin rodeos y de pie, su historia desde el comienzo.

Elisa llegó desde su Misiones natal a Buenos Aires a los 12 años. Vino con su mamá, que acababa de separarse. Para ayudarla incondicionalmente, Elisa trabajó de chica y estudió de grande. Pero nunca abandonó su deseo de escribir. Hasta logró tener un profesor de Literatura que abrió su mente y corazón. A los 62 años realizó el mayor de sus sueños: escribió y editó su primer libro: “Los Cuentos de Upamama”. Madre, abuela y dos veces bisabuela, estudia canto, teatro y se hace tiempo para el charango.

Ante la atenta mirada y el respetuoso silencio de sus alumnas, Elisa contó que para ella este taller es una forma de pensar y aprender “algo” en grupo, como un autoanálisis. “En la escritura creativa hay distintas estrategias o formas para aprender. Se comienza copiando los modelos de escritura y se termina desarrollando un estilo propio”, explicó.

La dinámica es la siguiente: se leen textos escritos con el corazón y ella señala aciertos y errores. Los alumnos también comentan los trabajos, se debaten técnicas, se presentan nuevas herramientas y se propone un nuevo ejercicio. Así es, reunión tras reunión.“Las críticas deben guiar, acompañar, sugerir, motivar y encaminar; jamás lastimar o humillar”, aclaró Elisa.

A través de sus relatos, las alumnas cuentan con emoción sus vidas detalladas a los compañeros de ruta. Coincidentemente todas escriben sus biografías: comparten sus orígenes en distintas provincias, recuerdan las siestas, los interminables almuerzos los domingos con abuelos, tíos y primos; los juegos de la infancia; alguna despedida, y hasta se escapan algunas lágrimas.

Cuando quedamos en silencio, pensé que este taller es como un refugio, un lugar donde todos están a gusto consigo mismos. Donde aprenden a pensar y repensar sus vidas en el proceso creativo de escribir, y a conjugar el verbo pasado en presente. Así llevado al papel, lo que trae la memoria de cada uno se puede aceptar, cambiar, comprender, ver desde otro lugar. El lenguaje es sencillo, llano y transmite de manera fácil, directo, transparente y simple información relevante. Entonces recordé una frase de Nathaniel Hawthorne: “Un documento fácil de leer es muy difícil de escribir”.

En el taller hay tranquilidad y quietud. No hay prisa, entonces la mente indaga en sentimientos propios y sencillos, en temas básicos de la vida que perdemos de vista cuando estamos apurados o produciendo las 24 horas del día todo el año. Los momentos de inactividad no son tiempo perdido.

 

Cita Litvak, Patricia Nuñez Vega y Hugo Schamber

 

Quienes escriben son voluntarios y voluntarias de la Fundación Navarro Viola y forman parte de Voces Mayores, un programa donde los voluntarios mayores escriben sobre historias de vida y experiencias de voluntariado, en los cuales las personas mayores son las protagonistas y sus formas de acción son ejemplos a imitar.